jueves

El cuello de la cobra

– ¿Qué pasó? – pregunté.
– Estaba en lo de Henry – comenzó Nick, el mozo de Henry’s donde siempre solía cenar – , cuando dos tipos entraron, nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.
– Siento mucho que hayan pasado por esa situación, pero no hay nada que yo pueda hacer.
– No, no entiende, estaban esperándolo. Sabían que usted venía a las seis – los ojos de Nick parecían estar a punto de salir de sus cavidades.
– Claro que entiendo. Gracias por avisarme.
– ¿Quiere que llame a la policía?
– No, gracias.
– Pero ellos pueden ayudarlo, estoy seguro.
– Estoy cansado muchacho, muy cansado. Pero por fin tengo paz.
– ¿Qué quiere decir?
– Que me equivoqué y en estos últimos diez años me pregunté todos los días: ¿qué habría pasado si no me hubiese equivocado? Quizás viviría más tranquilo, sin escapar, o quizás no. Pero hoy me siento diferente, ya no me hago esa pregunta.
– Pero, ¿no va a hacer nada al respecto? ¿Por qué no se levanta? – Podía observar lo nervioso que estaba y cómo una chispa de curiosidad invadía su mirada.
– Ya no le tengo miedo a la muerte, que vengan a buscarme. Así es más fácil, ¿por qué no vienen acá y me arrancan de este colchón?
– ¿Usted quiere eso? ¿Que lo vengan a buscar?
– Así lo hicieron diez años atrás. Chicago era una ciudad hermosa, tenía todo lo que un joven como yo pudiera pedir: entrenadores, luchadores y peleas casi todos los fines de semana. Me atrevería a decir que era feliz, mi carrera estaba en su máximo esplendor, al igual que yo. Amo el boxeo y quizás ese fue el problema desde el principio. Mis oponentes sólo peleaban por plata y fama; yo peleaba porque era lo único que me hacía respirar de verdad. Era joven e ingenuo, un chico apasionado. Me equivoqué al pensar que la gente que me rodeaba sentía el mismo amor que yo, cuando lo único que buscaban era llenarse los bolsillos. 
Mi entrenador era también mi representante y al principio resultó ser uno muy bueno. Me enfrenté a muchos contrincantes de mi categoría, pero siempre gané. Luego de un año de peleas ganadas empezó a correr el rumor de que sólo luchaba contra principiantes y boxeadores de categorías inferiores. Esto no resultaba bueno para mi imagen, y muchos oponentes comenzaron a rechazar enfrentarse conmigo. Así que mi entrenador me propuso un desafío: organizó una pelea con el más terrible de los boxeadores de peso pesado. Ese día comenzaron a desencadenarse una ola de sucesos que me llevaron hasta acá, mirando el techo descascarado de esta habitación.
– ¿Pero qué sucedió? ¿Perdió?
– No muchacho, gané. Ese fue mi error. Dejame explicarte, este contrincante era un tipo temible, le decían “La Cobra”, porque podía paralizar a un luchador con un solo golpe bien ubicado. Al igual que yo, estaba invicto en su categoría… y eso no podía cambiar. Muchacho, yo debía perder esa pelea, y todos estábamos seguros de que así iba a ser. La Cobra intimidaba con solo mirarlo, era un tipo enorme. No creas que exagero, a todos nos daba terror. Su espalda estaba cubierta con un tatuaje monstruoso de una cobra color verde que persiguió mis peores pesadillas semanas antes de la pelea y muchos años después de ella. Era realmente aterrador cómo esa serpiente parecía moverse y cobrar vida cuando los enormes músculos se contraían; es una imagen que no podré borrar de mi mente.
– ¿Y usted le ganó a La Cobra? – estaba pálido y agitado como un niño que escucha una historia de terror.
– Pasaron diez años y todavía no comprendo por qué o cómo lo hice. Yo estaba completamente resignado pero bastante nervioso, nunca había perdido una pelea en mi vida, y ese día no sólo iba a perder, sino que no me iba a quedar un solo hueso sano de mi cuerpo. Todavía recuerdo cómo me temblaban las piernas cuando caminaba hacia el cuadrilátero donde la ví por primera vez en persona, era peor de lo que imaginaba. Se movía, me miraba, la cobra iba salir de su espalda, iba a saltar directo a mi cuello y todo se iba a terminar… – Respiré hondo, a pesar de los largos años pasados, las imágenes de aquella noche seguían tan vívidas como siempre – Y me equivoqué muchacho, cuando caminaba hacia él estaba seguro de que me iba a destrozar, pero no fue así, ¿entendés? La Cobra sabía cuál era el arreglo, él me daba un par de golpes casi inofensivos, yo caía y perdía. Pero yo había dejado todo por el boxeo, estaba invicto y no podía regalarle tan fácilmente la pelea así que luché, luché como nunca antes, y lo agarré con la guardia baja. ¡Ay, si pudieras ver el golpe que le di! Le di en el cuello, en el cuello a La Cobra, y cayó. ¡Já! Qué irónico, el cuello de una cobra…
– ¿En serio lo venciste sólo con un golpe en el cuello?
– Es increíble, ¿no? Yo tampoco lo creo todavía.
– Así que por eso te buscan, por ser un buen luchador, por derrotar a una leyenda…

– Que te sirva de ejemplo muchacho, no seas inocente y dejes que un deseo te consuma, porque podés perder la pasión más grande: tus ganas de vivir.




Basado en el cuento "Los Asesinos" de Ernest Hemingway.