miércoles

Una novela que comienza

¡Adiós, pues, ser juvenil, bella feminidad en magnífica hora, presta para el amor inaugural en tensa expectación del hecho máximo de mujer, del amor que advierte, si ya no está! Por lo que yo presiento ya ha llegado a ti pero aún no lo sabe toda tu alma; quizá en el hoy sabe sólo que todo aquello y lo único que será y debe ser tu vida está en tu gloriosa cercanía, ha llamado ya a tu pecho, se ha conmovido en la luz de tu camino. Te saluda alguien en quien en un instante creaste el deseo de tu bien por hechizo de la poderosa y justísima decisión de ser dichosa que refulge en tu rostro, en la retenida moción de tus gestos, y de tus graciosos pasos en la firmeza. Desde el silencio a que retorno, desde las sombras de las cuales no salí nunca para ti, yo que no habité, no habitaré nunca tu camino, que no conoceré nunca el son de tu voz, tus risas, ni miraré tus lágrimas, que no seré nunca una imagen en tu retina ni un pensamiento en tu alma, pero que te he conocido en un instante tan plenamente como si fueras una obra de mi deseo, yo que no creo en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman, te digo lo que no me oirás nunca, y que ya sabes: que es imposible que no seas feliz. Y, sin embargo, nos encontraremos; no aquí en la fantasmagoría terrena sino en la eternidad del yo indestructible, continuo y consciente de su eterna continuidad pasada y a transcurrir. ¡Nos hemos conocido y amado, cuántas veces!


Macedonio Fernández.

martes

El hombre que vivió dos vidas

     Wakefield abandona su hogar durante veinte años. Al leer esto la primera pregunta que aparece en la mente es “¿Por qué?”. Bueno, esto podría preguntarse alguien que no haya conocido a Wakefield; pero yo no.

     Cada vez que mencionan su nombre: “Wakefield”, con aquella musicalidad propia que posee, aparece ante mi retina su imagen. Dirían que esto es normal, que a todos nos sucede igual; lo que ustedes no conocen es cuál es el Wakefield que se me presenta. A este singular personaje lo conozco desde que se me cayeron los dientes de leche y fue un día de lluvia cuando él encontró un objeto perdido que le cambió la vida. Encontró, por así decirlo, la vida de otro que nunca sabremos quién es. Este Wakefield indefenso, inmaduro y curioso es el que me saluda cada vez que lo escucho nombrar.

     Ese día estábamos Wakefield y yo jugando en un parque a unas cuadras de nuestras casas. Entre corridas, idas y venidas, recuerdo haber pateado lo que parecía ser un cuaderno viejo. Él me reta enérgicamente y lo levanta del suelo. Era un diario perdido, de alguna persona con algún trastorno obsesivo a mi parecer, que escribió en él desde los 6 hasta los 39 años de su vida. Comenzamos a leerlo juntos, pero me aburrí rápidamente y volví a mi casa.
     Pasaron años de aquél extraño suceso que yo creía olvidado, pero Wakefield no. Descubrí en mi amigo una obsesión ciega con ese diario y su personaje. Lo interrogué, y fue en aquél momento cuando descubrí el problema mayor: Wakefield vivía a través de aquél diario. Cada día leía una página de él, que correspondía con un día de su vida; crecía con él, pasaba las semanas, los meses y los años con el relato de una vida paralela. 
     Con toda sinceridad, nunca me preocupé demasiado por aquel comportamiento, creí que el tiempo iba a hacer que él solo dejara de lado aquella historia ajena; y así lo demostró. Wakefield se casó con una señorita encantadora, en una ceremonia emotiva y así pasaron los años sin rastro del diario… hasta el día de su desaparición. La señora Wakefield me llamó a casa desesperada, diciéndome que él nunca había vuelto de su viaje. Nadie sabía cómo, ni porqué, ni a dónde había ido; todos esperábamos lo peor.
     En retrospectiva, creo que debería haberme dado cuenta. Wakefield nunca se había alejado de aquella ponzoñosa obsesión. Como dije antes, él vivía a través del diario, pero ¿qué iba a pasar cuando las páginas llegaran al año 39? Ese fue el día cuando este misterioso personaje desapareció. Vivió durante 20 años escribiendo la vida de este segundo hombre, incansablemente. Creó sus sentimientos, sus errores y sus aciertos; después de todo, conocía la vida de esta otra personalidad casi un tanto más que la suya. Wakefield vivió en pos de ese otro yo, descuidando su propia vida; se olvidaba de comer, de dormir y así, de su propia familia y amigos. 
     ¿Acaso se preguntan por qué volvió Wakefield a su hogar? El personaje del diario sufría de una grave insuficiencia cardíaca y una noche de domingo su mujer lo encontró muerto, tirado en el escritorio donde todos los días escribía su diario.


Basado en el cuento Wakefield de Nathaniel Hawthorne.

Pierrot, le fou

- Elle est retrouvée.
- Quoi ?
- L'éternité.
- C'est la mer allée...
- Avec le soleil.




 Tendre et cruel, réel et surréel, terrifant e marrant, nocturne et diurne, solite et insolite, beau comme tout: Pierrot, le fou.










Encuent(r)o

“Para tratar un asunto de lo más privado, dos personas se citan en un lugar que presuponían solitario. Lo encuentran repleto de gente.” 


     Al encontrarse ambos rodeados de una multitud, se miran y sin decir más que “Lo dejamos para mañana” se retiran del lugar. Al día siguiente se encuentran en aquél café, a la misma hora que el día anterior. Apenas se pueden ver a lo lejos entre la cantidad de personas que hay. A través de gestos bruscos con los brazos quedan en encontrarse al día siguiente. Al tercer día, sin la más mínima sorpresa ya, se encuentran en la calle enfrente del local, donde se puede divisar una cola que llega casi hasta la esquina. Esta vez no dicen nada, comparten una mirada de entendimiento y se dirigen hacia sus casas. 

     El cuarto día es silencioso, solo se escucha la respiración de los mozos aburridos que hacen crucigramas detrás de la barra. Figúrense lo vacío que se encuentra el café, que ninguno de los dos está allí.