sábado

Refugio de Papel

Miranda estaba sola y se sentía sola. Ella era diferente, miles de kilómetros la apartaban de las demás chicas. No sólo era petisa y gorda, sino que además tenía esas pecas que tanto odiaba y ese busto enorme que ya no sabía cómo ocultar. Su padre era dueño de una librería, pero eso no parecía generar interés en sus compañeras, sino una envidia que no podía comprender. Era tal su deseo de agradar que no quería ostentar nunca con sus posesiones. En los cumpleaños no regalaba libros, por miedo a la envidia, sino pequeñas postales que esmeradamente dedicaba a las homenajeadas.

En el afán de terminar con su soledad quiso acercarse a Sofía, una esbelta niña de cabellos dorados que le había hablado en un par de ocasiones para pedirle prestados unos libros. Ella suponía que Sofía sólo se interesaba en su interminable biblioteca, pero como era la única niña que le hablaba decidió intentarlo y ver si podía conseguir llegar a ser su amiga. 

Una tarde, su padre trajo a casa un libro fenomenal. Era el que todas las niñas compraban y devoraban en cuestión de días a pesar de su ancho lomo. Al mirarlo sólo pensó en la sonrisa enorme que esbozaría Sofía al enterarse, y decidió que lo primero que haría al día siguiente, era contarle las buenas noticias a su compañera.

La vio caminando con sus amigas de pelo sedoso, riendo como si no hubiera un mañana. Pasaron por al lado de ella, cuando casi en un susurro le comentó sobre su nueva posesión y le dijo que pasara por su casa al día siguiente. ¡Qué ansiosa estaba! No podía dejar de imaginarse a Sofía tocando la puerta de su casa, saludándola y ella invitándola a pasar, quizás a merendar o pasar la tarde juntas. Vivía en un sueño hasta que la escuchó: “¡Y cómo me lo dijo! ¿La escuchaste? Como gozando que ella tiene ese libro y yo no… Voy a ir igual, si me lo ofreció que me lo dé.”

Todo se volvió oscuro. Sofía no era quien ella creía, pero sorprendentemente, quizás en un intento de aferrarse a algo, todavía quedaban esperanzas en ella. Fue así como decidió darle una última oportunidad; iba a prestarle el libro a Sofía cuando le demostrase algún mínimo gesto de interés en ella. Armó un plan: haría que Sofía fuese a su casa todas las tardes durante dos semanas y solo al finalizar el día catorce le daría el libro. Mientras tanto intentaría llegar a ella, ver si tenían cosas en común, invitarle una merienda como recompensa por “no tener el libro en su casa y habérselo prestado a otra niña”. Pero nada terminó saliendo como lo esperaba. 

Luego de cuatro días, su madre descubrió lo que estaba pasando y se enojó terriblemente: le dio el libro a Sofía por tiempo indeterminado y la castigó por sus acciones. Al ver la mirada de su madre, Miranda se dio cuenta de que ella no comprendía su manera de actuar, vio unos ojos desolados, decepcionados de su hija. Nunca se había sentido tan incomprendida en su vida. No se preocupó por explicarle como habían sido realmente las cosas, solo le importaba que había perdido su oportunidad de tener una amiga, una compañera, alguien que la comprendiera.

Otra vez en desgraciada soledad, sin esperanzas de encontrar una relación de amistad con algún alma hermosa como Sofía o sus amigas, se sentó en la sala de la casa, sus pensamientos frustrados se tropezaron con el lomo de un libro que la llamaba desde las lejanías, atrayéndola sin motivo aparente. No tenía nada de especial, pero clamaba la atención de la niña. Quizás ese día Miranda encontró en su soledad un pequeño refugio de papel.



Basado en "Felicidad Clandestina" de Clarice Lispector.

martes

Diálogo solitario

Traté de ver si era piedad lo que inundaba sus ojos cuando me dio el banco para que pudiera descansar, pero no pude ver nada. El guardia era tan impenetrable como las enormes puertas de madera que custodiaba, y a veces permanecía tan quieto que se camuflaba con ellas. Insistía muchas veces al día para que me dejase entrar pero recibía siempre la misma respuesta seguida de un silencio que no podía soportar.
- ¿Siempre quiso ser guardia? – me observó asombrado, como si fuese la primera vez que alguien le preguntaba acerca de su vida.
- ¿Y vos estás siempre preguntando y preguntando? – dijo mirando fijamente al horizonte.
- No, no sé, me molesta el silencio.
- Entonces es mi turno de preguntar. ¿Tenés mujer?
- Sí, claro. Y es bellísima, si sólo pudiera verla, tiene el pelo largo hasta acá y unos ru…
- ¿Y qué estás haciendo acá cuando una mujer bellísima te espera en tu casa? – me miró bruscamente tratando de comprender mi actitud.
- Pero usted sabe por qué estoy acá, quiero entrar y… Ahora que lo pienso tiene usted la culpa de que yo no vea a mi mujer.
- ¿Hijos? – me preguntó como si no hubiese escuchado nada de lo que le dije.
- Sí… - suspiré profundamente. – Dos. ¿Y sabe por qué no los veo? Porque usted no me permite pasar, hacer lo que tengo que hacer y volver a mi casa. ¿Tan difícil es lo que le pido?
- ¿Nenas?
- ¿Cómo?
- Nenas, si son nenas, sus hijas. 
- Ah, sí nenas. ¿Cómo lo supo? Son bellísimas, si sólo pudiera verlas… 
- ¿Son pequeñas?
- Seis y diez años. Son inteligentes, generosas y buenas. A veces me gusta mirarlas mientras juegan con las demás niñas de la campaña. Son las más lindas ¿sabe? Y no se lo digo porque sean mis hijas, de verdad son las más lindas. ¿Y usted? ¿No tiene hijos, esposa, un hogar a dónde ir? – no parecía haber escuchado nada de lo que le dije.
- Esas nubes parecen tormentosas, esperemos que sople viento del sur y las aleje. – dijo desinteresadamente.
- Se van a acercar cada vez más. ¿Me dejará pasar antes de la tormenta? – no me respondió, seguía mirando el horizonte como si esa charla nunca hubiese ocurrido. Nunca iba a poder traspasar esas puertas si ni siquiera podía traspasar a aquél guardia petrificado. Veía su pecho subir y bajar, pero no podía quitarme la idea de la cabeza de que no era más que un objeto, una roca que debía quitar del camino, una estatua sin memoria, sin pasado, sin vida.


Basado en el cuento "Ante la Ley" de Franz Kafka.

jueves

Presa en tejidos

El cabello de Ylge tenía siempre un olor floral, todos lo notaban y yo conocía su secreto. Por las mañanas ella rociaba sus cabellos y a mí, su pequeño y casi imperceptible compañero, con su perfume favorito. Lo hacía a modo de ritual, detrás de las orejas y a ambos lados de la cabeza, como si sus manos se movieran de manera autónoma. Siempre veía a sus manos moverse así, sobre todo cuando tejía. ¡Cómo le gustaba tejer! ¡Y cómo me gustaba acompañarla mientras lo hacía! Sus finos dedos se escurrían entre la lana como bailarinas de ballet. Era tal su ligereza y su gracia que podía terminar tejidos enteros en cuestión de horas. Ylge era feliz. 

Ví a ese hombre por primera vez a finales del invierno, Ylge tejía pero no con tanta prisa como en los últimos meses. De a poco, él fue ganándose un espacio en su vida, ágil y paciente como un animal con su presa esperó el momento indicado en el que Ylge estuviese a su merced. Una noche de verano luego de seis meses de acecho, la agarró por la cintura arrastrándola a la cama y la desvistió. Con sus filosos ojos escaneó su cuerpo desnudo de abajo hacia arriba, hasta que me vio oculto entre dos mechones de pelo. Sentí sus fríos dedos tocando mi piel de lana y luego un tirón. Me desprendía, me desarmaba, me estiraba. Y acá estoy, mi largo cuerpo enredado reposa en una mesa hace más de cuatro estaciones y mi única distracción es el recuerdo de aquellos suaves dedos bailarines.




Basado en: "La tejedora" por Jacques Sternberg

Nunca la había visto yo sin sus agujas de tejer. Tejer era su pasión, su única inquietud. Incluso si un rayo caía al pie de su ventana, ella no apartaba los ojos del tejido. Pero yo conocía sus ojos. Eran verdes, admirables. Porque Ylge era hermosa, extrañamente hermosa. Y aún más extraño era el contraste entre la belleza de Ylge y la banalidad de esa labor que ella cumplía con tanta perseverancia.
Me hicieron falta seis meses para convencer a Ylge de que abandonara por un rato el tejido y las agujas. La conduje a la cama y la desvestí. En su cabeza, entre dos mechones de pelo, vi un pequeño hilo de lana. Tiré de él. Durante una hora tiré de él. Finalmente comprendí que había destejido a Ylge y que ahora tenía entre las manos una enorme bola de lana.
La dejé sobre una mesa. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?