jueves

El cuello de la cobra

– ¿Qué pasó? – pregunté.
– Estaba en lo de Henry – comenzó Nick, el mozo de Henry’s donde siempre solía cenar – , cuando dos tipos entraron, nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.
– Siento mucho que hayan pasado por esa situación, pero no hay nada que yo pueda hacer.
– No, no entiende, estaban esperándolo. Sabían que usted venía a las seis – los ojos de Nick parecían estar a punto de salir de sus cavidades.
– Claro que entiendo. Gracias por avisarme.
– ¿Quiere que llame a la policía?
– No, gracias.
– Pero ellos pueden ayudarlo, estoy seguro.
– Estoy cansado muchacho, muy cansado. Pero por fin tengo paz.
– ¿Qué quiere decir?
– Que me equivoqué y en estos últimos diez años me pregunté todos los días: ¿qué habría pasado si no me hubiese equivocado? Quizás viviría más tranquilo, sin escapar, o quizás no. Pero hoy me siento diferente, ya no me hago esa pregunta.
– Pero, ¿no va a hacer nada al respecto? ¿Por qué no se levanta? – Podía observar lo nervioso que estaba y cómo una chispa de curiosidad invadía su mirada.
– Ya no le tengo miedo a la muerte, que vengan a buscarme. Así es más fácil, ¿por qué no vienen acá y me arrancan de este colchón?
– ¿Usted quiere eso? ¿Que lo vengan a buscar?
– Así lo hicieron diez años atrás. Chicago era una ciudad hermosa, tenía todo lo que un joven como yo pudiera pedir: entrenadores, luchadores y peleas casi todos los fines de semana. Me atrevería a decir que era feliz, mi carrera estaba en su máximo esplendor, al igual que yo. Amo el boxeo y quizás ese fue el problema desde el principio. Mis oponentes sólo peleaban por plata y fama; yo peleaba porque era lo único que me hacía respirar de verdad. Era joven e ingenuo, un chico apasionado. Me equivoqué al pensar que la gente que me rodeaba sentía el mismo amor que yo, cuando lo único que buscaban era llenarse los bolsillos. 
Mi entrenador era también mi representante y al principio resultó ser uno muy bueno. Me enfrenté a muchos contrincantes de mi categoría, pero siempre gané. Luego de un año de peleas ganadas empezó a correr el rumor de que sólo luchaba contra principiantes y boxeadores de categorías inferiores. Esto no resultaba bueno para mi imagen, y muchos oponentes comenzaron a rechazar enfrentarse conmigo. Así que mi entrenador me propuso un desafío: organizó una pelea con el más terrible de los boxeadores de peso pesado. Ese día comenzaron a desencadenarse una ola de sucesos que me llevaron hasta acá, mirando el techo descascarado de esta habitación.
– ¿Pero qué sucedió? ¿Perdió?
– No muchacho, gané. Ese fue mi error. Dejame explicarte, este contrincante era un tipo temible, le decían “La Cobra”, porque podía paralizar a un luchador con un solo golpe bien ubicado. Al igual que yo, estaba invicto en su categoría… y eso no podía cambiar. Muchacho, yo debía perder esa pelea, y todos estábamos seguros de que así iba a ser. La Cobra intimidaba con solo mirarlo, era un tipo enorme. No creas que exagero, a todos nos daba terror. Su espalda estaba cubierta con un tatuaje monstruoso de una cobra color verde que persiguió mis peores pesadillas semanas antes de la pelea y muchos años después de ella. Era realmente aterrador cómo esa serpiente parecía moverse y cobrar vida cuando los enormes músculos se contraían; es una imagen que no podré borrar de mi mente.
– ¿Y usted le ganó a La Cobra? – estaba pálido y agitado como un niño que escucha una historia de terror.
– Pasaron diez años y todavía no comprendo por qué o cómo lo hice. Yo estaba completamente resignado pero bastante nervioso, nunca había perdido una pelea en mi vida, y ese día no sólo iba a perder, sino que no me iba a quedar un solo hueso sano de mi cuerpo. Todavía recuerdo cómo me temblaban las piernas cuando caminaba hacia el cuadrilátero donde la ví por primera vez en persona, era peor de lo que imaginaba. Se movía, me miraba, la cobra iba salir de su espalda, iba a saltar directo a mi cuello y todo se iba a terminar… – Respiré hondo, a pesar de los largos años pasados, las imágenes de aquella noche seguían tan vívidas como siempre – Y me equivoqué muchacho, cuando caminaba hacia él estaba seguro de que me iba a destrozar, pero no fue así, ¿entendés? La Cobra sabía cuál era el arreglo, él me daba un par de golpes casi inofensivos, yo caía y perdía. Pero yo había dejado todo por el boxeo, estaba invicto y no podía regalarle tan fácilmente la pelea así que luché, luché como nunca antes, y lo agarré con la guardia baja. ¡Ay, si pudieras ver el golpe que le di! Le di en el cuello, en el cuello a La Cobra, y cayó. ¡Já! Qué irónico, el cuello de una cobra…
– ¿En serio lo venciste sólo con un golpe en el cuello?
– Es increíble, ¿no? Yo tampoco lo creo todavía.
– Así que por eso te buscan, por ser un buen luchador, por derrotar a una leyenda…

– Que te sirva de ejemplo muchacho, no seas inocente y dejes que un deseo te consuma, porque podés perder la pasión más grande: tus ganas de vivir.




Basado en el cuento "Los Asesinos" de Ernest Hemingway.

sábado

Refugio de Papel

Miranda estaba sola y se sentía sola. Ella era diferente, miles de kilómetros la apartaban de las demás chicas. No sólo era petisa y gorda, sino que además tenía esas pecas que tanto odiaba y ese busto enorme que ya no sabía cómo ocultar. Su padre era dueño de una librería, pero eso no parecía generar interés en sus compañeras, sino una envidia que no podía comprender. Era tal su deseo de agradar que no quería ostentar nunca con sus posesiones. En los cumpleaños no regalaba libros, por miedo a la envidia, sino pequeñas postales que esmeradamente dedicaba a las homenajeadas.

En el afán de terminar con su soledad quiso acercarse a Sofía, una esbelta niña de cabellos dorados que le había hablado en un par de ocasiones para pedirle prestados unos libros. Ella suponía que Sofía sólo se interesaba en su interminable biblioteca, pero como era la única niña que le hablaba decidió intentarlo y ver si podía conseguir llegar a ser su amiga. 

Una tarde, su padre trajo a casa un libro fenomenal. Era el que todas las niñas compraban y devoraban en cuestión de días a pesar de su ancho lomo. Al mirarlo sólo pensó en la sonrisa enorme que esbozaría Sofía al enterarse, y decidió que lo primero que haría al día siguiente, era contarle las buenas noticias a su compañera.

La vio caminando con sus amigas de pelo sedoso, riendo como si no hubiera un mañana. Pasaron por al lado de ella, cuando casi en un susurro le comentó sobre su nueva posesión y le dijo que pasara por su casa al día siguiente. ¡Qué ansiosa estaba! No podía dejar de imaginarse a Sofía tocando la puerta de su casa, saludándola y ella invitándola a pasar, quizás a merendar o pasar la tarde juntas. Vivía en un sueño hasta que la escuchó: “¡Y cómo me lo dijo! ¿La escuchaste? Como gozando que ella tiene ese libro y yo no… Voy a ir igual, si me lo ofreció que me lo dé.”

Todo se volvió oscuro. Sofía no era quien ella creía, pero sorprendentemente, quizás en un intento de aferrarse a algo, todavía quedaban esperanzas en ella. Fue así como decidió darle una última oportunidad; iba a prestarle el libro a Sofía cuando le demostrase algún mínimo gesto de interés en ella. Armó un plan: haría que Sofía fuese a su casa todas las tardes durante dos semanas y solo al finalizar el día catorce le daría el libro. Mientras tanto intentaría llegar a ella, ver si tenían cosas en común, invitarle una merienda como recompensa por “no tener el libro en su casa y habérselo prestado a otra niña”. Pero nada terminó saliendo como lo esperaba. 

Luego de cuatro días, su madre descubrió lo que estaba pasando y se enojó terriblemente: le dio el libro a Sofía por tiempo indeterminado y la castigó por sus acciones. Al ver la mirada de su madre, Miranda se dio cuenta de que ella no comprendía su manera de actuar, vio unos ojos desolados, decepcionados de su hija. Nunca se había sentido tan incomprendida en su vida. No se preocupó por explicarle como habían sido realmente las cosas, solo le importaba que había perdido su oportunidad de tener una amiga, una compañera, alguien que la comprendiera.

Otra vez en desgraciada soledad, sin esperanzas de encontrar una relación de amistad con algún alma hermosa como Sofía o sus amigas, se sentó en la sala de la casa, sus pensamientos frustrados se tropezaron con el lomo de un libro que la llamaba desde las lejanías, atrayéndola sin motivo aparente. No tenía nada de especial, pero clamaba la atención de la niña. Quizás ese día Miranda encontró en su soledad un pequeño refugio de papel.



Basado en "Felicidad Clandestina" de Clarice Lispector.

martes

Diálogo solitario

Traté de ver si era piedad lo que inundaba sus ojos cuando me dio el banco para que pudiera descansar, pero no pude ver nada. El guardia era tan impenetrable como las enormes puertas de madera que custodiaba, y a veces permanecía tan quieto que se camuflaba con ellas. Insistía muchas veces al día para que me dejase entrar pero recibía siempre la misma respuesta seguida de un silencio que no podía soportar.
- ¿Siempre quiso ser guardia? – me observó asombrado, como si fuese la primera vez que alguien le preguntaba acerca de su vida.
- ¿Y vos estás siempre preguntando y preguntando? – dijo mirando fijamente al horizonte.
- No, no sé, me molesta el silencio.
- Entonces es mi turno de preguntar. ¿Tenés mujer?
- Sí, claro. Y es bellísima, si sólo pudiera verla, tiene el pelo largo hasta acá y unos ru…
- ¿Y qué estás haciendo acá cuando una mujer bellísima te espera en tu casa? – me miró bruscamente tratando de comprender mi actitud.
- Pero usted sabe por qué estoy acá, quiero entrar y… Ahora que lo pienso tiene usted la culpa de que yo no vea a mi mujer.
- ¿Hijos? – me preguntó como si no hubiese escuchado nada de lo que le dije.
- Sí… - suspiré profundamente. – Dos. ¿Y sabe por qué no los veo? Porque usted no me permite pasar, hacer lo que tengo que hacer y volver a mi casa. ¿Tan difícil es lo que le pido?
- ¿Nenas?
- ¿Cómo?
- Nenas, si son nenas, sus hijas. 
- Ah, sí nenas. ¿Cómo lo supo? Son bellísimas, si sólo pudiera verlas… 
- ¿Son pequeñas?
- Seis y diez años. Son inteligentes, generosas y buenas. A veces me gusta mirarlas mientras juegan con las demás niñas de la campaña. Son las más lindas ¿sabe? Y no se lo digo porque sean mis hijas, de verdad son las más lindas. ¿Y usted? ¿No tiene hijos, esposa, un hogar a dónde ir? – no parecía haber escuchado nada de lo que le dije.
- Esas nubes parecen tormentosas, esperemos que sople viento del sur y las aleje. – dijo desinteresadamente.
- Se van a acercar cada vez más. ¿Me dejará pasar antes de la tormenta? – no me respondió, seguía mirando el horizonte como si esa charla nunca hubiese ocurrido. Nunca iba a poder traspasar esas puertas si ni siquiera podía traspasar a aquél guardia petrificado. Veía su pecho subir y bajar, pero no podía quitarme la idea de la cabeza de que no era más que un objeto, una roca que debía quitar del camino, una estatua sin memoria, sin pasado, sin vida.


Basado en el cuento "Ante la Ley" de Franz Kafka.

jueves

Presa en tejidos

El cabello de Ylge tenía siempre un olor floral, todos lo notaban y yo conocía su secreto. Por las mañanas ella rociaba sus cabellos y a mí, su pequeño y casi imperceptible compañero, con su perfume favorito. Lo hacía a modo de ritual, detrás de las orejas y a ambos lados de la cabeza, como si sus manos se movieran de manera autónoma. Siempre veía a sus manos moverse así, sobre todo cuando tejía. ¡Cómo le gustaba tejer! ¡Y cómo me gustaba acompañarla mientras lo hacía! Sus finos dedos se escurrían entre la lana como bailarinas de ballet. Era tal su ligereza y su gracia que podía terminar tejidos enteros en cuestión de horas. Ylge era feliz. 

Ví a ese hombre por primera vez a finales del invierno, Ylge tejía pero no con tanta prisa como en los últimos meses. De a poco, él fue ganándose un espacio en su vida, ágil y paciente como un animal con su presa esperó el momento indicado en el que Ylge estuviese a su merced. Una noche de verano luego de seis meses de acecho, la agarró por la cintura arrastrándola a la cama y la desvistió. Con sus filosos ojos escaneó su cuerpo desnudo de abajo hacia arriba, hasta que me vio oculto entre dos mechones de pelo. Sentí sus fríos dedos tocando mi piel de lana y luego un tirón. Me desprendía, me desarmaba, me estiraba. Y acá estoy, mi largo cuerpo enredado reposa en una mesa hace más de cuatro estaciones y mi única distracción es el recuerdo de aquellos suaves dedos bailarines.




Basado en: "La tejedora" por Jacques Sternberg

Nunca la había visto yo sin sus agujas de tejer. Tejer era su pasión, su única inquietud. Incluso si un rayo caía al pie de su ventana, ella no apartaba los ojos del tejido. Pero yo conocía sus ojos. Eran verdes, admirables. Porque Ylge era hermosa, extrañamente hermosa. Y aún más extraño era el contraste entre la belleza de Ylge y la banalidad de esa labor que ella cumplía con tanta perseverancia.
Me hicieron falta seis meses para convencer a Ylge de que abandonara por un rato el tejido y las agujas. La conduje a la cama y la desvestí. En su cabeza, entre dos mechones de pelo, vi un pequeño hilo de lana. Tiré de él. Durante una hora tiré de él. Finalmente comprendí que había destejido a Ylge y que ahora tenía entre las manos una enorme bola de lana.
La dejé sobre una mesa. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?

miércoles

Una novela que comienza

¡Adiós, pues, ser juvenil, bella feminidad en magnífica hora, presta para el amor inaugural en tensa expectación del hecho máximo de mujer, del amor que advierte, si ya no está! Por lo que yo presiento ya ha llegado a ti pero aún no lo sabe toda tu alma; quizá en el hoy sabe sólo que todo aquello y lo único que será y debe ser tu vida está en tu gloriosa cercanía, ha llamado ya a tu pecho, se ha conmovido en la luz de tu camino. Te saluda alguien en quien en un instante creaste el deseo de tu bien por hechizo de la poderosa y justísima decisión de ser dichosa que refulge en tu rostro, en la retenida moción de tus gestos, y de tus graciosos pasos en la firmeza. Desde el silencio a que retorno, desde las sombras de las cuales no salí nunca para ti, yo que no habité, no habitaré nunca tu camino, que no conoceré nunca el son de tu voz, tus risas, ni miraré tus lágrimas, que no seré nunca una imagen en tu retina ni un pensamiento en tu alma, pero que te he conocido en un instante tan plenamente como si fueras una obra de mi deseo, yo que no creo en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman, te digo lo que no me oirás nunca, y que ya sabes: que es imposible que no seas feliz. Y, sin embargo, nos encontraremos; no aquí en la fantasmagoría terrena sino en la eternidad del yo indestructible, continuo y consciente de su eterna continuidad pasada y a transcurrir. ¡Nos hemos conocido y amado, cuántas veces!


Macedonio Fernández.

martes

El hombre que vivió dos vidas

     Wakefield abandona su hogar durante veinte años. Al leer esto la primera pregunta que aparece en la mente es “¿Por qué?”. Bueno, esto podría preguntarse alguien que no haya conocido a Wakefield; pero yo no.

     Cada vez que mencionan su nombre: “Wakefield”, con aquella musicalidad propia que posee, aparece ante mi retina su imagen. Dirían que esto es normal, que a todos nos sucede igual; lo que ustedes no conocen es cuál es el Wakefield que se me presenta. A este singular personaje lo conozco desde que se me cayeron los dientes de leche y fue un día de lluvia cuando él encontró un objeto perdido que le cambió la vida. Encontró, por así decirlo, la vida de otro que nunca sabremos quién es. Este Wakefield indefenso, inmaduro y curioso es el que me saluda cada vez que lo escucho nombrar.

     Ese día estábamos Wakefield y yo jugando en un parque a unas cuadras de nuestras casas. Entre corridas, idas y venidas, recuerdo haber pateado lo que parecía ser un cuaderno viejo. Él me reta enérgicamente y lo levanta del suelo. Era un diario perdido, de alguna persona con algún trastorno obsesivo a mi parecer, que escribió en él desde los 6 hasta los 39 años de su vida. Comenzamos a leerlo juntos, pero me aburrí rápidamente y volví a mi casa.
     Pasaron años de aquél extraño suceso que yo creía olvidado, pero Wakefield no. Descubrí en mi amigo una obsesión ciega con ese diario y su personaje. Lo interrogué, y fue en aquél momento cuando descubrí el problema mayor: Wakefield vivía a través de aquél diario. Cada día leía una página de él, que correspondía con un día de su vida; crecía con él, pasaba las semanas, los meses y los años con el relato de una vida paralela. 
     Con toda sinceridad, nunca me preocupé demasiado por aquel comportamiento, creí que el tiempo iba a hacer que él solo dejara de lado aquella historia ajena; y así lo demostró. Wakefield se casó con una señorita encantadora, en una ceremonia emotiva y así pasaron los años sin rastro del diario… hasta el día de su desaparición. La señora Wakefield me llamó a casa desesperada, diciéndome que él nunca había vuelto de su viaje. Nadie sabía cómo, ni porqué, ni a dónde había ido; todos esperábamos lo peor.
     En retrospectiva, creo que debería haberme dado cuenta. Wakefield nunca se había alejado de aquella ponzoñosa obsesión. Como dije antes, él vivía a través del diario, pero ¿qué iba a pasar cuando las páginas llegaran al año 39? Ese fue el día cuando este misterioso personaje desapareció. Vivió durante 20 años escribiendo la vida de este segundo hombre, incansablemente. Creó sus sentimientos, sus errores y sus aciertos; después de todo, conocía la vida de esta otra personalidad casi un tanto más que la suya. Wakefield vivió en pos de ese otro yo, descuidando su propia vida; se olvidaba de comer, de dormir y así, de su propia familia y amigos. 
     ¿Acaso se preguntan por qué volvió Wakefield a su hogar? El personaje del diario sufría de una grave insuficiencia cardíaca y una noche de domingo su mujer lo encontró muerto, tirado en el escritorio donde todos los días escribía su diario.


Basado en el cuento Wakefield de Nathaniel Hawthorne.

Pierrot, le fou

- Elle est retrouvée.
- Quoi ?
- L'éternité.
- C'est la mer allée...
- Avec le soleil.




 Tendre et cruel, réel et surréel, terrifant e marrant, nocturne et diurne, solite et insolite, beau comme tout: Pierrot, le fou.










Encuent(r)o

“Para tratar un asunto de lo más privado, dos personas se citan en un lugar que presuponían solitario. Lo encuentran repleto de gente.” 


     Al encontrarse ambos rodeados de una multitud, se miran y sin decir más que “Lo dejamos para mañana” se retiran del lugar. Al día siguiente se encuentran en aquél café, a la misma hora que el día anterior. Apenas se pueden ver a lo lejos entre la cantidad de personas que hay. A través de gestos bruscos con los brazos quedan en encontrarse al día siguiente. Al tercer día, sin la más mínima sorpresa ya, se encuentran en la calle enfrente del local, donde se puede divisar una cola que llega casi hasta la esquina. Esta vez no dicen nada, comparten una mirada de entendimiento y se dirigen hacia sus casas. 

     El cuarto día es silencioso, solo se escucha la respiración de los mozos aburridos que hacen crucigramas detrás de la barra. Figúrense lo vacío que se encuentra el café, que ninguno de los dos está allí.




lunes

Talking to Strangers


I don't know why I do what I do. If I did know, I probably wouldn't feel the need to do it. All I can say, and I say it with utmost certainty, is that I have felt this need since my earliest adolescence. I'm talking about writing, in particular writing as a vehicle to tell stories, imaginary stories that have never taken place in what we call the real world. Surely it is an odd way to spend your life: sitting alone in a room with a pen in your hand, hour after hour, day after day, year after year, struggling to put words on pieces of paper in order to give birth to what does not exist, except in your own head. Why on earth would anyone want to do such a thing? The only answer I have ever been able to come with is: because you have to, because you have no choice.


This need to make, to create, to invent is no doubt a fundamental human impulse. But to what end? What purpose does art, in particular the art of fiction, serve in what we call the real world? None that I can think of, at least not in any practical sense. A book has never put food in the stomach of a hungry child. A book has never stopped a bullet from entering a murder victim's body. A book has never prevented a bomb from falling on innocent civilians in the midst of war. Some like to think that a keen appreciation of art can actually make us better people: more just, more moral, more sensitive, more understanding. Perhaps that is true, in certain rare, isolated cases. But let us not forget that Hitler started out in life as an artist. Tyrants and dictators read novels. Killers in prison read novels. And who is to say they don't derive the same enjoyment from books as everyone else?

In other words, art is useless; at least when compared, say, to the work of a plumber, or a doctor, or a railroad engineer. But is uselessness a bad thing? Does a lack of practical purpose mean that books and paintings and string quartets are simply a waste of our time? Many people think so. But I would argue that it is the very uselessness of art that gives it its value, and that the making of art is what distinguishes us from all other creatures who inhabit this planet, that it is, essentially, what defines us as human beings. To do something for the pure pleasure and beauty of doing it. Think of the effort involved, the long hours of practice and discipline required to become an accomplished pianist or dancer. All the suffering and hard work, all the sacrifices in order to achieve something that is utterly and magnificently... useless.

Fiction, however, exists in a somewhat different realm from the other arts. Its medium is language, and language is something we share with others, that is common to us all. From the moment we learn to talk, we begin to develop a hunger for stories. Those of us who can remember our childhoods will recall how ardently we relished the moment of the Bedtime Story, when our mother or father would sit down beside us in the semi-dark and read from a book of fairy tales. Those of us who are parents will have no trouble conjuring up the rapt attention in the eyes of our children when we read to them. Why this intense desire to listen? Fairy tales are often cruel and violent, featuring beheadings, cannibalism, grotesque transformations, and evil enchantments. One would think this material would be too frightening for a young child, but what these stories allow the child to experience is precisely an encounter with his own fears and inner torments in a perfectly safe and protected environment. Such is the magic of stories: the might drag us down to the depths of hell, but in the end they are harmless.

We grow older, but we do not change. We become more sophisticated, but at bottom we continue to resemble our young selves, eager to listen to the next story, and the next, and the next. For years, in every country of the Western world, article after article has been published bemoaning the fact that fewer and fewer people are reading books, that we have entered what some have called the “post-literate age”. That may well be true, but at the same time this has not diminished the universal craving for stories. Novels are not the only source, after all. Films and television and even comic books are churning out vast quantities of fictional narratives, and the public continues to swallow them up with great passion. That is because human beings need stories. They need them almost as desperately as they need food, and however the stories might be presented, whether on a printed page or on a television screen, it would be impossible to imagine life without them.

Still, when it comes to the state of the novel, to the future of the novel, I feel rather optimistic. Numbers don't count where books are concerned for there is only one reader, each and every time only one reader. That explains the particular power of the novel, and why in my opinion, it will never die as a form. Every novel is an equal collaboration between the writer and the reader, and it is the only place in the world where two strangers can meet on terms of absolute intimacy. I have spent my life in conversations with people I have never seen, with people I will never know, and I hope to continue until the day I stop breathing.

It's the only job I've ever wanted.


Paul Auster

sábado

La double vie de Véronique

Toda mi vida he sentido que estaba en dos lugares al mismo tiempo. Aquí y en otro sitio. Es difícil de explicar, pero lo sé. Siempre siento qué tengo que hacer.














¿Quién soy? ¿Ella o yo?

     Es impresionante cómo la realidad se construye de maneras desfiguradas en nuestra mente; incluso las imágenes que tenemos de nosotros mismos. Lo que nosotros somos difiere mucho del liliputiense que vive en nuestras cabezas. Así, es como un día ambos se encuentran cara a cara y se espantan de sus diferencias.
     Mírense, mirémonos. Observemos nuestras figuras en el espejo, analicemos nuestros actos. ¿Nunca se encontraron teniendo una actitud que jamás hubiesen esperado de ustedes mismos? ¿Y no se odiaron por eso? ¿Nunca pensaron que todo lo que detestan de otras personas lo pueden estar haciendo ustedes? ¿Nunca se vieron incapaces de hacer cosas que se creían capaces de hacer? 
     Creo que no existe dolor más grande que ese: abrir los ojos y conocer el verdadero yo. Ese yo que nuestra mente reprime por ser demasiado doloroso, demasiado oscuro para que lo conozcamos desde el primer día de nuestras vidas; pero que en un momento determinado debemos conocer.
     Ese momento de puro autoconocimiento es como el golpe de una fruta madura que cae al suelo, es doloroso, inesperado y aterrador. Puede que nuestras miradas se llenen de lágrimas y nuestro cuerpo se agarrote ante la mínima posibilidad de movimiento, estáticos ante ese nuevo ser que se planta en nuestro interior.
     Aprendamos de eso, miremos a los ojos a nuestro nuevo yo y nutrámonos de sus carencias y de sus virtudes. Mirémoslo a los ojos con dulzura, porque después de todo esos seres desconocidos somos nosotros mismos.




Charlie Bartlett


- I think you're missing the big picture

- What big picture?
- The universe
- What about hte universe?
- Well, the universe is a pretty big place. Which means there is probably life on other planets. I mean, you could've been born a single cell organism on the planet Zortex. In fact, given the odds it's probably more likely. But you weren't. You were born a human being. And not just any human being in the history of human beings, but a human being that gets to be alive today, that gets to listen to all kinds of music, that gets to eat food from every culture, that gets to download porn of the internet.
So realy, you have everything to live for.


jueves

Instrucciones para quedarse dormido en un espacio público

     Esta actividad la puede realizar en diversos sitios, y quizás al principio le resulte un poco complicado e incluso le de pudor realizarlo en público. Pero le aseguro que cuando lo haya logrado al menos un par de veces le resultará muy natural y reconfortante.
     Lo primero que debe hacer es buscar un lugar relativamente cómodo, ya sea una silla en la sala de espera de un médico o un asiento en el colectivo o en el subte.
     Una vez que lo haya encontrado, debe sentarse cómodamente dejando caer las manos sobre su regazo. Ahora, con la cabeza tiene varias opciones. Por un lado, puede acercar el mentón hacia su pecho, o como algunos prefieren, tirar la cabeza hacia atrás. Esta última posición suele venir acompañada de una apertura ligera de la boca, y en aquellas personas que se hallen en un nivel avanzado, un pequeño pero perceptible hilo de baba.
     Ahora bien, el arte de quedarse dormido en un espacio público viene acompañado de aquellos pequeños momentos de lucidez que se producen en el medio. Si usted eligió la posición número uno (a lo mejor por miedo de no lograr exitosamente la número dos) debe despertarse cada 5 o 7 minutos dejando que su mentón golpee su pecho. Por otro lado si eligió la posición número dos, debe dejar caer la cabeza en el sentido contrario, es decir, hacia atrás. Es necesario aclarar que en el caso de realizarse este último movimiento en el colectivo, su nuca debe impactar contra el apoyamanos que se encuentra en la parte superior de su asiento.
     Repita esta actividad todas las veces que le sea posible y le aseguro que rápidamente se comportará como un experto.



viernes

Memoria de lector

Vos sos mi amigo, el que siempre está. Mientras las hojas caen de los árboles; mientras la gente cierra sus tapados y acomoda sus bufandas; mientras las flores crecen; mientras el sol hierve en la ciudad. Mi amigo del alma, el que crece conmigo. Desde cuentos de hadas, magos y leones; hasta romances, llantos, catástrofes y suicidios.

No puedo más que agradecerte por dejarme escapar a tus mundos infinitos. Allá donde el tiempo pierde su ritmo, mi realidad se desvanece y yo me entrego dulcemente al acontecer de tus historias: relatos de aquellas personas a quienes les guardo un gran cariño. Con ellas viví intensamente, sufrí sus pérdidas y celebré sus triunfos. Alojé sus sensaciones dentro de mí, como el frío glacial de Rusia, el ajetreo de la gran metrópolis de Tokio o el miedo producido por ciudades catastróficamente irreales.
Yo también te dejé entrar en mi mundo. Te mostré mi vida: lugares que conocí y personas que quise que te conocieran. Te desperté del sueño abriendo tus ojos en múltiples lugares y situaciones, para que me acompañaras. Debés recordar aquel viento fresco que hacía cantar a los árboles y acompañaba el correr del agua en el lago, vos estabas ahí. Conociste montañas, playas, parques y cafés; pero también la intimidad de mi cama, de mi hogar.

Hoy miro hacia atrás con una sonrisa e imagino el porvenir más brillante aún. Lograste alivianar mis penas e intensificar mis alegrías y lo harás hasta el final, porque cuando todo parece derrumbarse sólo necesito el frío tacto de tu piel en mis dedos para reencontrar mi paz. No conozco la soledad, porque el que lee nunca está solo.