Me encuentro en mi casa, en la habitación de invitados escuchando música y ordenando el cuarto, me siento triste por problemas familiares. Estoy cantando en voz alta cuando de pronto encuentro una caja de zapatillas, cuando la abro veo unas cartas y figuritas de mis personajes favoritos de la infancia "Los Simpsons" y "Batman". Tengo una especie de regresión al pasado y repentinamente veo a una niña sentada en el piso jugando con cartas que hacía un momento yo estaba sosteniendo en las manos.
Me exalto y emito un grito por el miedo que me produce ver una niña desconocida en la habitación, entre la confusión del momento pongo en tela de jucio quién es, pero claro, cómo puedo confundirme si soy yo quien está allí, con los lacios cabellos rubios y mi cara sin expresión alguna, pero aún concentrada en el movimiento de las tarjetas holográficas. Me quedo estupefacta observando con toda atención su diversión. Mi estado de tristeza contribuye a la melancolía que siento en el instante. Una lágrima cae por mi mejilla, es la emoción contenida de tiempos que prefiero olvidar.
Si bien mi infancia me hizo ser lo que soy ahora, son recuerdos que prefiero tener guardados en una caja y no en mis pensamientos diarios. No me siento contenta ni mucho menos satisfecha con la falta de sonrisas que tuve.
Me decido a hablarle, le pregunto por qué está jugando sola en el suelo con unas figuritas, sabiendo con anticipación la respuesta que me iba a dar. Con una tímida sonrisa me cuenta que no le gusta estar con los demás niños de su edad, que no la tratan bien y la hacen llorar, le tiendo un pañuelo para secar las lágrimas que ahora escurren también por sus mejillas blancas y llenas de minúsculas pecas. La abrazo con todas las emociones que siento, amor por el cariño propio que tengo, lástima porque sé mejor que nadie que no es una sensación gratificante por lo que está pasando y odio porque me hubiese encantado revertir la situación y ser una niña feliz.
Estoy horas hablando con mi pequeña yo. Me hace recordar momentos que creía haber borrado definitivamente de mi memoria. Jamás había llorado tanto. Se crea en mí un agujero negro y profundo, justo en el medio del pecho. Siento desprecio por sus anécdotas, quiero escapar de la habitación y dejar a la niña sola allí con sus cartas, que eran su mejor compañía hasta que llegué yo.
El crepúsculo se vislumbraba a través de los postigos a mi lado.
Resuelvo que lo mejor es romper las cartas, regresarlas a la caja y tirarla al cesto de basura, así los malos recuerdos que volvieron a mi mente como actuales desparecerán junto a la Karin Krämer que fui y no quiero volver a ser.
Desecho entonces mis memorias y la luz del sol comienza a entrar por la ventana, como un cuento ilusorio. Me siento liberada, sin peso, como una persona que tiene limpio el corazón y ligera el alma. Jamás volveré a ver a esa niña, al menos no hasta que encuentre otro pasatiempo guardado en una caja.
by Karin Krämer-
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Maravillas para mis ojos.
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