martes

Diálogo solitario

Traté de ver si era piedad lo que inundaba sus ojos cuando me dio el banco para que pudiera descansar, pero no pude ver nada. El guardia era tan impenetrable como las enormes puertas de madera que custodiaba, y a veces permanecía tan quieto que se camuflaba con ellas. Insistía muchas veces al día para que me dejase entrar pero recibía siempre la misma respuesta seguida de un silencio que no podía soportar.
- ¿Siempre quiso ser guardia? – me observó asombrado, como si fuese la primera vez que alguien le preguntaba acerca de su vida.
- ¿Y vos estás siempre preguntando y preguntando? – dijo mirando fijamente al horizonte.
- No, no sé, me molesta el silencio.
- Entonces es mi turno de preguntar. ¿Tenés mujer?
- Sí, claro. Y es bellísima, si sólo pudiera verla, tiene el pelo largo hasta acá y unos ru…
- ¿Y qué estás haciendo acá cuando una mujer bellísima te espera en tu casa? – me miró bruscamente tratando de comprender mi actitud.
- Pero usted sabe por qué estoy acá, quiero entrar y… Ahora que lo pienso tiene usted la culpa de que yo no vea a mi mujer.
- ¿Hijos? – me preguntó como si no hubiese escuchado nada de lo que le dije.
- Sí… - suspiré profundamente. – Dos. ¿Y sabe por qué no los veo? Porque usted no me permite pasar, hacer lo que tengo que hacer y volver a mi casa. ¿Tan difícil es lo que le pido?
- ¿Nenas?
- ¿Cómo?
- Nenas, si son nenas, sus hijas. 
- Ah, sí nenas. ¿Cómo lo supo? Son bellísimas, si sólo pudiera verlas… 
- ¿Son pequeñas?
- Seis y diez años. Son inteligentes, generosas y buenas. A veces me gusta mirarlas mientras juegan con las demás niñas de la campaña. Son las más lindas ¿sabe? Y no se lo digo porque sean mis hijas, de verdad son las más lindas. ¿Y usted? ¿No tiene hijos, esposa, un hogar a dónde ir? – no parecía haber escuchado nada de lo que le dije.
- Esas nubes parecen tormentosas, esperemos que sople viento del sur y las aleje. – dijo desinteresadamente.
- Se van a acercar cada vez más. ¿Me dejará pasar antes de la tormenta? – no me respondió, seguía mirando el horizonte como si esa charla nunca hubiese ocurrido. Nunca iba a poder traspasar esas puertas si ni siquiera podía traspasar a aquél guardia petrificado. Veía su pecho subir y bajar, pero no podía quitarme la idea de la cabeza de que no era más que un objeto, una roca que debía quitar del camino, una estatua sin memoria, sin pasado, sin vida.


Basado en el cuento "Ante la Ley" de Franz Kafka.

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