jueves

Presa en tejidos

El cabello de Ylge tenía siempre un olor floral, todos lo notaban y yo conocía su secreto. Por las mañanas ella rociaba sus cabellos y a mí, su pequeño y casi imperceptible compañero, con su perfume favorito. Lo hacía a modo de ritual, detrás de las orejas y a ambos lados de la cabeza, como si sus manos se movieran de manera autónoma. Siempre veía a sus manos moverse así, sobre todo cuando tejía. ¡Cómo le gustaba tejer! ¡Y cómo me gustaba acompañarla mientras lo hacía! Sus finos dedos se escurrían entre la lana como bailarinas de ballet. Era tal su ligereza y su gracia que podía terminar tejidos enteros en cuestión de horas. Ylge era feliz. 

Ví a ese hombre por primera vez a finales del invierno, Ylge tejía pero no con tanta prisa como en los últimos meses. De a poco, él fue ganándose un espacio en su vida, ágil y paciente como un animal con su presa esperó el momento indicado en el que Ylge estuviese a su merced. Una noche de verano luego de seis meses de acecho, la agarró por la cintura arrastrándola a la cama y la desvistió. Con sus filosos ojos escaneó su cuerpo desnudo de abajo hacia arriba, hasta que me vio oculto entre dos mechones de pelo. Sentí sus fríos dedos tocando mi piel de lana y luego un tirón. Me desprendía, me desarmaba, me estiraba. Y acá estoy, mi largo cuerpo enredado reposa en una mesa hace más de cuatro estaciones y mi única distracción es el recuerdo de aquellos suaves dedos bailarines.




Basado en: "La tejedora" por Jacques Sternberg

Nunca la había visto yo sin sus agujas de tejer. Tejer era su pasión, su única inquietud. Incluso si un rayo caía al pie de su ventana, ella no apartaba los ojos del tejido. Pero yo conocía sus ojos. Eran verdes, admirables. Porque Ylge era hermosa, extrañamente hermosa. Y aún más extraño era el contraste entre la belleza de Ylge y la banalidad de esa labor que ella cumplía con tanta perseverancia.
Me hicieron falta seis meses para convencer a Ylge de que abandonara por un rato el tejido y las agujas. La conduje a la cama y la desvestí. En su cabeza, entre dos mechones de pelo, vi un pequeño hilo de lana. Tiré de él. Durante una hora tiré de él. Finalmente comprendí que había destejido a Ylge y que ahora tenía entre las manos una enorme bola de lana.
La dejé sobre una mesa. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?

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