Todos tenemos que morir, pero lo horrible es saber cuándo acabará la cosa. Aunque la fecha de mi fin estuviera ya resuelta para dentro de cuarenta años, a mí no me gustaría saberla. Debe ser espantosa esa sensación de que uno está gastando minutos, de que uno se está acercando irremediablemente a una fecha fija, determinada. ¿Qué se sentirá cuando se tiene absoluta seguridad de la condena? Quizá se tenga la sensación de que el tiempo comienza a transcurrir a una velocidad vertiginosa, de que uno cierra los ojos por un instante y cuando los abre ya ha pasado medio día. Debe ser algo así como ir en un cuestabajo, en un auto sin frenos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario