lunes

Gracias por el fuego

Todos tenemos que morir, pero lo horrible es saber cuándo acabará la cosa. Aunque la fecha de mi fin estuviera ya resuelta para dentro de cuarenta años, a mí no me gustaría saberla. Debe ser espantosa esa sensación de que uno está gastando minutos, de que uno se está acercando irremediablemente a una fecha fija, determinada. ¿Qué se sentirá cuando se tiene absoluta seguridad de la condena? Quizá se tenga la sensación de que el tiempo comienza a transcurrir a una velocidad vertiginosa, de que uno cierra los ojos por un instante y cuando los abre ya ha pasado medio día. Debe ser algo así como ir en un cuestabajo, en un auto sin frenos.

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