Vos sos mi amigo, el que siempre
está. Mientras las hojas caen de los árboles; mientras la gente cierra sus
tapados y acomoda sus bufandas; mientras las flores crecen; mientras el sol
hierve en la ciudad. Mi amigo del alma, el que crece conmigo. Desde cuentos de
hadas, magos y leones; hasta romances, llantos, catástrofes y suicidios.
No puedo más que agradecerte por
dejarme escapar a tus mundos infinitos. Allá donde el tiempo pierde su ritmo,
mi realidad se desvanece y yo me entrego dulcemente al acontecer de tus historias:
relatos de aquellas personas a quienes les guardo un gran cariño. Con ellas
viví intensamente, sufrí sus pérdidas y celebré sus triunfos. Alojé sus
sensaciones dentro de mí, como el frío glacial de Rusia, el ajetreo de la gran
metrópolis de Tokio o el miedo producido por ciudades catastróficamente
irreales.
Yo también te dejé entrar en mi
mundo. Te mostré mi vida: lugares que conocí y personas que quise que te
conocieran. Te desperté del sueño abriendo tus ojos en múltiples lugares y
situaciones, para que me acompañaras. Debés recordar aquel viento fresco que
hacía cantar a los árboles y acompañaba el correr del agua en el lago, vos
estabas ahí. Conociste montañas, playas, parques y cafés; pero también la
intimidad de mi cama, de mi hogar.
Hoy miro hacia atrás con una
sonrisa e imagino el porvenir más brillante aún. Lograste alivianar mis penas e
intensificar mis alegrías y lo harás hasta el final, porque cuando todo parece
derrumbarse sólo necesito el frío tacto de tu piel en mis dedos para reencontrar
mi paz. No conozco la soledad, porque el que lee nunca está solo.
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