lunes

Gracias por el fuego

Tiene la suerte de haber desembocado en un mundo que está reconociendo sus vergüenzas, que está deciendo jugar su suerte, que está convirtiendo en algo seguro la antigua y remota probabilidad de su salvación. 
El mundo en el que yo crecí era tan distinto. Veíamos todo con la suficiente claridad como para reconocer que la injusticia del sistema en que estábamos inscritos era insultante para el género humano. Pero nos quedábamos en la maldición doméstica, casi en el soliloquio. Bueno, ¿y esto qué es? Quizá sólo teníamos una fe teórica y también retórica, en la viabilidad de la transformación que queríamos, pero no una fe profunda, respirada, inevitable. Creíamos saber dónde estaba lo bueno, pero éramos vocacionalmente pesimistas, casi fatalistas, en cuanto a la posibilidad del triunfo, de la definitiva imposición de eso que para nosotros era bueno.

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